Corte y confección

Carmen Lomana se mete a política

Carmen Lomana
Carmen Lomana

19 de noviembre de 2015, 11:18

Hace diez años, nadie sabía quien era Carmen Lomana. En realidad pasó de socialité a celebrity cuando la periodista Carmen Rigalt empezó a hablar de ella en sus columnas veraniegas del diario 'El Mundo' a raíz de su aparición en Marbella del brazo de Javier Rigau, un oportunista que unos meses antes había salido a la luz como novio de la octogenaria actriz Gina Lollobrigida.  Con esos mimbres, Carmen Lomana empezó a hacerse famosa con pijismo, su pose y sus misterios y ahí sigue.

Poco a poco, quien había disfrutado de una vida de millonaria pero absolutamente discreta, empezó a tomarle el gusto a la fama. Se supo que era viuda de un ingeniero chileno, Guillermo Capdevila, cuyas patentes le habían supuesto unos considerables ingresos que, convenientemente invertidos en propiedades inmobiliarias, constituían la fortuna de Carmen Lomana.  Es decir que la nueva famosa era una rentista, alguien que vivía de las rentas que le proporcionaban sus propiedades. Vivía en un pisazo, con mayordomo, servicio y chófer, tenía casa en Marbella, donde pasaba los veranos de fiesta en fiesta, y se entretenía comprando. Un planazo, vamos.

Poco a poco, Carmen se fue introduciendo en las fiestas a las que acudían fotógrafos y cuyos invitados aparecían en las revistas y se fue ganando un hueco entre las elegantes, aunque el suyo sea un estilo a lo Preysler, de las que van tan conjuntadas que acabas pensando que escogen el desodorante con el mismo aroma que el ambientador del inodoro.

La fama de Carmen fue creciendo como la espuma y empezó a caerle en gracia a algunos modernos, tipo Alaska y Mario Vaquerizo (encantadores y buena gente) y a periodistas de los que controlan la frontera de ingreso a las negritas de la crónicas de sociedad y así pasó de las fiestas más rancias a las más ‘cool’. Es cierto que, en ocasiones, Lomana se presentó en saraos a los que no había sido invitada pero también lo es que, en pocas ocasiones, se quedó en la puerta. Le cogió el gusto a la fama y no ha parado. De las fiestas, a las entrevistas, de ahí a la tele para hablar y, después,  para participar en algunos programas de telerealidad, siempre bien puesta, sin que le faltara ni un detalle aunque fuera medio desnuda en la isla de unos que se creían famosos.

Desde que se inicio en el camino de la fama, Carmen parecía tener el objetivo de llegar a ser la nueva Preysler pero cuando, por fin, podía haberlo logrado, la original, que parecía ya retirada, ha vuelto a escena y le ha chafado el plan. Lomana, cuyas sentencias sobre los ricos y los pobres, son legendarias. Recuerden que llegó a decir que ella sufría  mucho más la crisis porque estaba acostumbrada a vivir muy bien y ahora solo podía vivir bien. Inolvidable también su forma de explicar las funciones y obligaciones del servicio y su negativa a prescindir del chófer.

Al final resultó que Carmen Lomana no era una rica de toda la vida y que su pose era, además de pretenciosa, sobrevenida. Con todo, tiene algo entrañable pues, a pesar de lo que le gusta ser famosa, no consigue caer mal del todo, tiene la ventaja de ser única, lo que no quiere decir que sea un personaje imprescindible pero si hay que reconocer su singularidad.

Ahora, una vez atravesadas todas las fiestas y de haber dado sus opiniones, las mas frívolas y también las más sesudas, ha decido presentarse a las próximas elecciones generales como candidata al Senado por Vox, un partido muy de derechas  y con muy pocas posibilidades de alcanzar ni medio puesto. Dice Lomana que quiere acabar con la Cámara Alta porque está llena de parásitos. Mejor no hablamos de los que viven del cuento.

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