Corte y confección

Las Campos, reinas del 'surreality'

Mariángel Alcàzar
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27 de agosto de 2016, 08:00

En vez de mandarlo todo a la porra, va Terelu y se come una porra y con ese gesto se lanza a la eternidad mediática. El universo Campos es ya una realidad en sí mismo y se va agrandando día a día con sus estrellas -María Teresa y Terelu-, sus satélites -novios, familia, amigos y criadas- y, también, sus agujeros negros, unos espacios insondables en los que se esconden las verdaderas razones por las que dos profesionales de la televisión decidieron un día multiplicar el efecto de su fama hasta el infinito y más allá. Las consecuencias no son, en este caso, imprevisibles pero sí incontrolables.

El segundo capítulo de 'Las Campos' corrigió la deriva del primero en el que madre e hija más parecían las protagonistas de 'Ricas y famosas', exhibiendo un estilo de vida que, seguramente, ni ellas mismas se creen. María Teresa se perdió en su propia casa, y no me extraña dadas las dimensiones de la mansión, y Terelu hizo suyo el eslogan "pierdo peso, pero lo encuentro enseguida". Pero en la segunda entrega, al revés que los animales salvajes, las dos protagonistas demostraron que tienen más gracia fuera de su hábitat natural y, sobre todo, al compartir espacio con otros congéneres y hasta parece que se sienten más cómodas cuando, aun siendo el centro de la reunión, reparten juego y no solo el de las partidas de cartas de las chicas de oro que rodean a María Teresa, una escena que supera con creces al remedo de 'Sexo en Nueva York' de Terelu y sus amigas.

Si en el primer programa el 'docu-reality' de la Campos las colocó, o se colocaron, cinco metros por encima del suelo, en la segunda entrega todo tuvo un aire muy 'surreality', empezando por ese paseo por el mercadillo de Majadahonda. Terelu fue en busca de unas bragas que, como ese test genético al que se sometió en otro momento del programa, obraran el milagro de devolverse la silueta perdida. No es un tema baladí el de las bragas sobre todo porque existe un mundo más allá de la lencería fina solo apta para cuerpos diez. Y, tuvo que ser Terelu, y no Belén Esteban, quien nos descubrió que lo que no se encuentra en los grandes almacenes está en los mercadillos.

Y por si no fuera suficiente, con el momento 'surreality', pasamos al 'neorreality' con el paseo de mujer comiendo porra que confirmó que cuando Terelu se ríe de sí misma se quita un peso de encima aunque sume calorías. Una escena real como la vida misma y mucho más creíble que el resultado del test genético que dictaminó lo que sabe todo el mundo: que las patatas fritas engordan. En vez de perder el tiempo y el dinero en busca de atajos para adelgazar sin sacrificios, mejor le iría a Terelu si se dejara aconsejar por Edmundo Arrocet, el gran secundario de 'Las Campos' que, además de novio entregado, se ha desvelado como un experto nutricionista. Qué grande es Bigote, sobre todo cuando susurra a su amada María Teresa "lubina salvaje",que más que recitar el menú parece que le está lanzando un piropo.

En fin, que 'Las Campos' lo han puesto difícil, porque mas allá del despropósito del hecho mismo de no calibrar que la sobreexposición pública puede tener efectos devastadores, la verdad es que ya puestos más vale tomárselo a coña, hacer el payaso y aceptar que peor sería tener que trabajar.

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