Corte y confección

Belén Esteban, coleccionista de traiciones

Mariángel Alcàzar
Belén Esteban y Toño Sanchís

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3 de diciembre de 2015, 09:18

Ni al más imaginativo guionista se le hubiera ocurrido escribir una historia como la de Belén Esteban. Que la realidad supera a la ficción es un hecho evidente en el caso de la llamada “princesa del pueblo” cuya capacidad para seguir protagonizando las historias más suculentas parece no tener fin. Tras superar su ruptura con Jesulín, sus problemas de conducta y adicciones, su divorcio con Fran, y la infidelidad de Miguel, va y descubre que Toño Sanchís, su mánager casi su hermano, le ha estafado, presuntamente. Eso sí es un temazo y no la boda de Anne Igartiburu con el director de orquesta Pablo Heras Casado por citar una noticia que se conoció al mismo tiempo que la traición de Toño y que parece pescado hervido al lado del suculento manjar servido por la Esteban.

No diré que se veía venir pero sí que el tal Toño adquirió un protagonismo desmedido a raíz de ser contratado, en 2007, como mánager de Belén, a quien después de haber sido pupila de Amador Mohedano todo le debió parecer bien. El ahora denostado Toño empezó a controlar a Belén y no solo gestionó sus contratos y cobró su comisión sino que también se ganó su confianza y se convirtió, nada más y nada menos, que en su albacea testamentario. Y, ahí quería yo llegar, ignoro los métodos que utilizó el representante para ganarse la confianza de su representada pero hay que admitir también que Belén es, como poco, una mujer a quien le cuesta delimitar los espacios: Toño era su representante y ella lo convirtió en su hermano.

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Belén Esteban tiene un historial de traiciones que darían para una obra por fascículos y, sin embargo, ella no aprende: es su carácter. Empezó con Jesulín, un tema que el tiempo parece haber curado pero que, paradójicamente, es la base sobre la que Belén ha construido su personaje. Tampoco le fue bien con Fran, el camarero con el que se casó y con el que repitió fracaso, por no hablar de las personas que, estando a su lado, no la apartaron de los peligros de la calle ni de las tentaciones de paraísos artificiales.

Hasta el ahora elogiado Miguel, el conductor de ambulancias que actualmente es su novio y su guía, se la pegó con otra mientras Belén lloraba por él mientras estaba encerrada en la casa de Gran Hermano VIP.

Pero Belén puede con todo y ahí sigue casi veinte años después de ligarse a Jesulín de Ubrique en un hotel de Benidorm tras una tarde de toros. En realidad, después de tantos años en primera línea de la fama, a Belén se la podría comparar con Isabel Preysler, cada una en su estilo, claro, pero hermanadas en su capacidad de reinventarse. Más parecidas de lo que parece, pues ninguna de las dos tiene más atributos que los de haber saltado al estrellato de la mano de un famoso y haberlo aprovechado muy bien.

El culebrón Belén-Toño no ha hecho más que empezar pero ya ha dejado al descubierto que la “princesa del pueblo” ha rentabilizado su existencia hasta el punto de generar ingresos millonarios en sus múltiples apariciones televisivas y sus derivados. Que no tuviera el control de sus cuentas se explica por su buena fe y también por su desinterés, del que ella también es responsable. El representante puede haber traicionado su confianza pero ella, sinceramente, se ha dejado.

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