Corte y confección

Ana Boyer se licencia en la universidad de los famosos

Ana Boyer

9 de diciembre de 2017, 14:03

El gran actor Eduard Fernández ha declarado que ahora cualquiera puede ser famoso sin saber hacer nada; no le falta razón aunque algunos sí saben hacer algo: sacar partido de la nada y, aún peor, dejar de hacer lo que saben para ser solo famosos.

Ana Boyer, por ejemplo, ahora ya señora de Verdasco dejó de trabajar como consultora para ejercer de famosa. Su padre, Miguel Boyer, se empeñó en que estudiara y durante años, no muchos la verdad, fue la 'intelectual' de la familia en contraposición al resto de personajes del lado Preysler de la familia. Su hermana mayor, por parte de madre, nuestra querida Chábeli, a pesar, o quizá debido a ello, de ir a carísimas escuelas de Miami con carteras de colegial de Luis Vuitton, no aprendió un oficio sino a vivir, primero de papá Julio Iglesias, hasta que se colocó de ama de casa con su marido, Christian Altaba. Tamara Falcó se licenció en la carrera de pija encantadora sin que se le conozcan otros estudios, pero siempre se ha ganado la vida en los fotocalls. Anita descubrió también que ganaba más sumándose a las apariciones publicitarias de su madre quien, con toda seguridad, negoció una tarifa familiar a sus clientes para alimentar a sus hijas. Luego ya ejerció en solitario; conoció al tenista y acaba de empezar una trepidante vida de torneo en torneo, siguiendo a su marido hasta que este deje las pistas y a ver qué se les ocurre.

Con su boda patrocinada en la isla más cara de todo el Caribe, la célebre Moustique donde la princesa Margarita de Inglaterra se escondía con sus jóvenes amantes, Ana Boyer ha superado a todos sus familiares en el arte de sacar partido de la nada. Claro que ha tenido que convencer a su ya marido, a toda la familia Verdasco y hasta a los invitados al enlace, que se han tenido que financiar sus traslado al paraíso. Por lo visto no ha conseguido que su hermano Enrique Iglesias, el auténticamente rico de la familia, para que le prestara su avión privado y, ya puestos, llevar a los invitados de Madrid, o Miami, hasta Moustique. Ana y Fernando se han casado como si fueran muy, muy ricos pero, en realidad, no lo son tanto; extravagancias como la de casarse a siete mil kilómetros de casa solo se las pueden permitir los multimillonarios o los que, por razones diversas, se quieren esconder.

Los hay, sin embargo, a los que les gusta exhibir sus riquezas como el gran Cristiano Ronaldo que, en un alarde de su desmesurada arrogancia, se ha proclamado el mejor jugador de fútbol de la historia. Ya lo dijo hace años: “Me tienen envidia por que soy millonario y guapo”. Buenísimo jugador pero aún mejor gestor de sí mismo, el futbolista llama más la atención por su exhibicionismo que por sus goles. Ahora está en la cresta de la ola, no solo por haber ganado su quinto Balón de Oro, sino por haber formado una familia atípica.

Georgina Rodríguez, es la última incorporación a la corte de Ronaldo, formada por su madre, el marido de ésta, sus hermanos y sus parejas, una especie de tribu que gasta como posesos sin que el dinero les aporte un gramo de conocimiento. La joven madre no tiene tampoco medida a la hora de exhibirse, encantada de la vida, montada en el avión privado de su novio o vestida con lencería fina para presentar en sociedad a su hija, recién nacida Alana Martina. Dios, es decir Cristiano Ronaldo, la vino a ver cuando ejercía de dependienta en una tienda de lujo, Gucci exactamente, de Madrid. No se debía ganar mal la vida, pero a sus 22 años ya tiene asegurado el futuro pues aunque, en algún momento, el futbolista la devuelva al banquillo, nadie le quitará una compensación millonaria, aunque quién sabe si tendrá que dejar a su hija en el camino.

Cuando Eduard Fernández reflexiona sobre los famosos que lo son sin saber hacer nada, está retratando una realidad que ya está durando demasiado.

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