Corte y confección

La amarga victoria de Dulce

Mariángel Alcàzar
Dulce Delapiedra

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25 de junio de 2016, 08:44

Qué inquietante resulta Dulce Delapiedra. A su regreso de la isla de 'Supervivientes', con esa cara casi transparente y ese cuerpo esquelético, se plantó en el plató de televisión para someterse a las preguntas de Jorge Javier Vázquez y no hace falta ser un especialista en comunicación no verbal para descubrir su peculiar manera de contestar: primero con gestos y luego con palabras. Trata de arrancar, Dulce, porque ya había dicho sí, no o quizá con la cara y aún debías esperar varios segundos para que su voz ratificara la respuesta.

Una mujer peculiar, sin duda, que desvela los secretos de Cantora sin alterarse lo más mínimo y que, o bien ha interiorizado su papel para rentabilizar su protagonismo o, realmente, es así, Su paso por la isla no ha sido tan escandaloso como se esperaba porque, a diferencia de otros concursantes, Dulce nunca ha perdido los nervios. Una mujer templada, sin duda, acostumbrada a estar en la sombra en una casa en la que pertenecía al servicio pero donde los papeles no estaban muy claros y el que menos, el suyo.

Las personas que forman el universo Pantoja son seres como poco curiosos, pero todos cumplen su papel en la colmena: las obreras, los zánganos y la reina. A los primeros se les conoce poco o nada, son las personas anónimas que hacen su trabajo sin querer traspasar los límites de sus funciones, aunque en algunos casos se convierten en avispas cuando, por despecho a la reina, deciden sacar partido de su paso por la colmena, tipo Fosky, Pepi Valladares y algún otro cuyo nombre que ya hemos olvidado después de haberse agotado su minuto de gloria.

El zángano mayor del reino, siguiendo las estrictas funciones de las abejas machos, fue Julián Muñoz que tras copular con la abeja reina perdió sus poderes y casi la vida. Otro gran zángano es Kiko Rivera aunque ha logrado conservar sus atributos a pesar de su afición por la cópula a diferencia de su tío Agustin quien, a fuerza, de entregar su vida a su reina hermana ha conseguido sobrevivir a todos. Menuda peña.

Para sobrevivir tantos años, en esa curiosa colmena, Dulce Delapiedra aceptó el régimen de semiesclavitud hasta que acabó herida por el aguijón del despecho y salió de la casa para adorar a la nueva reina, a esa Chabelita que ella llama su niña. Una nueva colmena en la que se reproducirán los mismos esquemas porque no han aprendido otros. Dulce acabará también fuera de ese nuevo hábitat, cada vez más cansada y cada vez más dependiente, si no aprovecha la oportunidad que se le ha brindado y empieza a construir su propia vida.

Y, mientras tanto la abeja reina madre sigue encerrada en esa finca maldita en la que solo hubo vida cuando la habitó el malogrado Paquirri.

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