Vidas propias

Tenemos que perder el miedo a ser únicos para nuestras parejas

Jorge Javier Vázquez
María Lapiedra

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8 de enero de 2018, 13:30 | Actualizado a

Hablamos en ‘Sálvame’ de Gustavo González y de María Lapiedra –de hecho, no hablamos de otra cosa– y manifiesto mi opinión acerca de la fidelidad. Bueno, los que me seguís ya la conocéis, así que no voy a repetirme. El caso es que recibo un mensaje de una chica que me dice que hay mucha gente joven que no es infiel porque respeta a su pareja. Y cuando leo la palabra “respeto” se me erizan los pelos que no tengo. Porque he visto a muchas parejas jóvenes tratarse muy mal, chillarse, insultarse o vivir siguiendo las reglas más elementales del machismo. Pero en cuanto entra en escena el asunto de la infidelidad se ponen en guardia y se les llena la boca afirmando que jamás pondrían los cuernos –expresión horrible donde las haya– porque respetan a su pareja.

Yo entiendo el respeto de otra manera. Para mí significa no solo querer a tu pareja, sino estar a su lado en los momentos en los que lo necesita. Apoyarle, escucharle, intuirle. Entender que a veces necesita largarse para recuperar su espacio, aceptar que por mucho que te quiera deseará a otras personas porque tu cuerpo ya se lo conoce de memoria. Tener claro que habrá días en los que fantaseará con estar soltero, llevar otra vida, vivir otro mundo, probar nuevas experiencias –y no necesariamente sexuales– porque lamentablemente el tiempo corre demasiado deprisa. Creo que tenemos que perder el miedo a ser únicos para nuestras parejas porque ahí radican muchas insatisfacciones. La felicidad no te la dan los demás. La llevamos nosotros dentro, pero tendemos a olvidarlo porque es mucho más cómodo pensar que depende de otro. Y no. La felicidad, como la tierra, hay que trabajársela. No quiere más ni mejor el que se pasa la vida entera con su pareja mientras sueña con poseer otros cuerpos. Nos han educado para pensar que no caer en la tentación significa amar de una manera más pura. Y eso no solo es mentira, sino que implica renunciar al bien más preciado que tiene el ser humano: la libertad. Que no intenten vendernos más motos de este estilo porque ya llevamos compradas unas cuantas. Demasiadas, diría yo.

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