Vidas propias

Si me cayera un programa como el de Ana Rosa Quintana, me daría un jamacuco

Jorge Javier Vázquez Ana Rosa Quintana
Ana Rosa Quintana

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El programa de AR Telecinco

5 de abril de 2018, 12:53 | Actualizado a

Echo la mañana tan ricamente en Ana Rosa. Me gusta decir “en Ana Rosa” porque es como si nos refiriésemos a un pueblo o a un restaurante, un lugar. Ana Rosa ha creado su espacio en las mañanas de Telecinco, y de ahí no la sacan ni con agua caliente.

Una de mis hermanas trabaja de cajera y, aunque se levanta de madrugada, está encantada porque a la una y media está en la calle. Yo detesto madrugar. Si me cayera un programa como el de la Quintana, creo que me daría un jamacuco. Prefiero disfrutar de las mañanas en vez de las tardes. Aunque el viernes, después de pasármelo la mar de bien en ‘El programa de AR’, me regalé una tarde para mí solito. Primero fui a las Massumeh para que le sacaran lustre a mi cara, y una vez que me dejaron más bonito que un San Luis, paseé por las calles de Malasaña. Antes las recorría los fines de semana entre achispado y muy achispado. Íbamos de bar en bar buscando a alguien que te salvara la vida o, al menos, el fin de semana. El viernes paseé sin esa ansiedad que produce salir de caza, y disfruté reencontrándome con calles y lugares que me remitían a una época más loca. ¿Volverá? No lo sé, espero que no. Desde luego la lluvia tampoco ayuda a que el cuerpo se ponga juguetón.

Me meto en un bar y me pido un té verde. Quién me ha visto y quién me ve. Y a las siete de la tarde entro en el Teatro Maravillas para ver ‘El reencuentro’, la última función de Amparo Larrañaga y María Pujalte. Yo con Amparo –ya lo sabéis– tengo una especial debilidad porque fue la primera persona a la que entrevisté en mi vida. Y desde entonces – hace ya veintisiete años– le tengo muchísimo cariño; aparte de que me encanta como actriz. Ver encima de un escenario a profesionales como la Larrañaga o la Pujalte me produce un gusto que no me lo da la mejor serie de Netflix. En el teatro hay un grupo grande de jóvenes –intuyo que de un instituto– que disfrutan muchísimo con la función. Al caer el telón, escucho que me reconocen y uno de ellos dice: “Páralo, páralo”. Huyo muerto de la vergüenza y, solo cuando me refugio en un coche, respiro aliviado.

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