Crónicas de una realidad pasmosa

"Las actrices no tienen granos ni michelines ni puntas abiertas ni varices… No les dejan tener"

Jenny Beavan

8 de marzo de 2016, 09:50

No sé ustedes, pero yo me siento insultada cuando un famoso, y más a menudo una famosa, dice que duerme 8 horas y bebe 2 litros de agua al día cuando le preguntan qué hace para estar tan guapa y tan estupenda.

¿Quiere decir que por beber mucha agua y dormir bien se alisa el entrecejo? ¿Se blanquean y alinean los dientes? ¿Crece el contorno del pecho varias tallas?

Sucede algo bien extraño con los cuidados físicos y estéticos y sucede con mayor relevancia en el universo 'famosil': Por un lado está mal visto estar gorda, flácida, arrugada o tener rasgos que no se consideran armónicos. Pero por otro, está igual o peor visto el hecho de corregirlo por el método que fuere.

Es desgraciadamente habitual que haya críticas en torno a quienes no se amoldan al canon imperante. Recordemos las caras de los presentes en la pasada ceremonia de los Oscars al ver a Jenny Beavan, ganadora de la estatuilla por el mejor vestuario de la película Mad Max. Parecía que nunca hubieran visto una mujer normal. Porque eso es lo que era: Una mujer talentosa recogiendo un premio. Ni más ni menos. De hecho, no recibió ni aplausos, y ella a las pocas horas declaró “No me importa”. Demostró ser una rebelde por ser sólo una mujer normal.

Jenny Beavan

Y es que a quien debería importar, quien se lo debería mirar, es el resto.

Las actrices viven especialmente sometidas al yugo de la belleza estereotipada y normativa. No tienen granos, ni michelines, ni puntas abiertas, ni varices… No les dejan tener.

Esto potencia que las que tenemos cuerpos, caras, rasgos y vidas normales, nos sintamos profundamente defectuosas.

Pues me niego. Deberíamos sentirnos plenas, sanas, hermosas, armónicas y jóvenes. Sí, también jóvenes, porque lo somos. Somos más jóvenes que mañana, más de lo que vamos a ser nunca, y tenemos una energía y grandes talentos propios de la juventud, pero con la experiencia que hemos ganado hasta hoy, y la distancia que nos separa de esas vidas tan expuestas y carcelarias. Tenemos la capacidad de admirar, de vivir y de conocer la verdadera belleza.

Pero es tan retorcido el concepto de belleza en nuestros días, que no solo se penaliza el no adecuarse a ella. A Meg Ryan, a Renée Zellweger o Uma Thurman se las ha criticado ampliamente por esforzarse en mantener la tersura, la belleza y la juventud. Y cuando sus retoques estéticos han sido evidentes o han rebasado la naturalidad, han sido motivo de mofa.

El mensaje que parece darnos Hollywood, la publicidad, la cultura, y el mundo entero es que debemos estar bellas, de una forma imperativa y muy concreta. Pero además debe ser algo natural, y si no es así, habremos de ocultarlo.

Llega a tal punto de perversión el asunto, que cuando una actriz guapa interpreta a una mujer normal ('defectuosa' para la industria del cine) es profundamente celebrada. Ocurrió con Nicole Kidman en 'Las Horas' (2002) o con Charlize Theron en 'Monster' (2003) que le valió incluso un Oscar. El gran mérito en estas interpretaciones -sin desmerecer el trabajo actoral de una y otra- fue resultar reales, parecer mujeres de verdad.

Aunque, pensándolo bien, una de las cosas más bonitas del cine es descubrir en una pantalla gigante cada arruga, cada surco del rostro de los actores, y comprobar que su atractivo reside ahí. Ni el modelo o la modelo más guapa del mundo, nos resulta tan atractiva como una actriz interpretando un personaje. El espejismo de la realidad nos subyuga, nos enamora… y no la supuesta tiranía de la perfección.

Sueño con que llegue el día que cuando le pregunten a una celebrity “¿Qué haces para estar tan estupenda?” diga “Agotarme en el gimnasio, privarme de mis postres favoritos, pincharme toxinas en la cara y hacerme tratamientos de todo tipo”. Sería mucho más real ¿No creen?

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