La biografía que nunca pensaste ver publicada

Lee en exclusiva un adelanto de la nueva novela de Pilar Eyre, 'Un amor de Oriente'

Lecturas te acerca uno de los capítulos más significativos

Pilar Eyre
Pilar eyre

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Libros de famosos

3 de octubre de 2016, 09:48

Hace unas semanas os adelantamos la intención de Pilar Eyre de poner patas arriba el panorama rosa con la publicación de su vigésima novela, ‘Un amor de Oriente’. Esta es la historia de Muriel, filipina, recién casada con un atractivo artista español, Luis, en los años 70. Desde que pisa nuestro país se convierte en el objetivo de la prensa, alzándose en una de las figuras imprescindibles de las crónicas de sociedad. Ella define a esta muchacha cuya vida cambiará para siempre como “libre, divertida y amante de los placeres”.

Mañana, día 4 de octubre, llegará a todas las librerías, pero hoy, para ir abriendo boca, LECTURAS te ofrece un adelanto del capítulo 6 de este jugosísimo trabajo, uno de los que, reconoce, más personales han sido por la revolución femenina que acompañará a su protagonista.

— Let’s hurry up, darling.

—Mmmmh

—I have been told that we will meet Imelda Marcos...

—Pssss...
—Listen to me, Luis. ¡Luis!
Luis, que se estaba enfundando en un chaleco que le venía pequeño delante del espejo sacando la lengua por el esfuerzo, pegó un respingo:

—¿Eh? ¿Qué pasa?

Muriel se puso en jarras delante de él y agitó el dedo índice frente a su cara:

—Luis, habíamos dicho que en casa hablaríamos en inglés, ¿ya no te acuerdas?

—Murielita, mi vida, habla inglés todo lo que quieras. ¡Si yo estoy callado como una puta!

Ella se cruzó de brazos y puso morros:

—Eso es lo malo, que yo hablo inglés pero tú te limitas a gruñir y no arreglamos nada. Se trata de que aprendas, ¿recuerdas? Y de que nuestros hijos aprendan también.

Luis dejó por un momento de mirarse al espejo, cogió a su mujer, le desató el cinturón del albornoz, empezó a acariciarla y le susurró: «¿Nos hacemos un kiki?». Ella protestó:

—Déjame, que me despeinas, me he pasado toda la ma- ñana en la peluquería.

Él le mordió el cuello:

—Ay, que te despeino, que te despeino... A ver, mi amor, hijos, de momento, no digas, porque es hija, ¿entien- des?, hija.

Ella se encabritó toda:

—Sí, hija, ¿pasa algo?

—No, si yo estoy loco con mi muñequita, como sabes muy bien, pero de momento solo hay una, la «ese» sobra. Ella lo miró recelosa:

—Pero ¿ya quieres otro?

Luis la soltó, cogió unos gemelos del cajón y se los tendió para que se los pusiera. Muriel les echó un vistazo, los apartó, eligió unos de oro y se dispuso a metérselos por el ojal.

—Otros, mi vida, quiero que vengan otros. ¿No íbamos a tener ocho? —De repente la miró con lacerante sospecha—. ¡No estarás tomando la píldora!

Ella puso los ojos en blanco:

—No, claro que no, ya te lo he dicho muchas veces, pero la niña solo tiene cinco meses.

Pero él ya se desentendía y se miraba los puños de la camisa:

—Oye, estos gemelos son muy serios, a mí me gustaban más los de antes.

Muriel arrugó la nariz:

—¿Esa horterada, los de la abeja? De... ¿cómo se llama?

—Rumasa. Es de un tío fenómeno de Jerez que quiere comprar media España.

Ella meneó la cabeza:

—Luis, ¿vas a ir a la boda de la nieta del caudillo convertido en un hombre anuncio?

Él suspiró mientras se abrochaba trabajosamente los botones del cuello para ponerse la corbata:

—A mí me gustaban.

Era el 8 de marzo de 1972. Tres horas después se iba a casar su amiga Carmencita Martínez-Bordiú y Muriel había extendido sobre la cama de matrimonio el vestido que iba a ponerse. Era de Elio Berhanyer, de gasa color fuego. Se lo había comprado rojo después de dirigirle una oración interior a su hermano, «Frank, perdóname; por ir vestida de rojo no te creas que te recuerdo menos».

Carmencita se casaba con el príncipe Alfonso de Borbón e iba a ser princesa. Con bastantes posibilidades de llegar a reina si Franco decidía quitarle el título de sucesor a Juan Carlos y dárselo a su primo Alfonso, que al fin y al cabo también era nieto del último rey Alfonso XIII y además se había casado con su nieta.

Hacía apenas un mes Carmencita la había invitado a su casa de la calle Hermanos Bécquer. Muriel, creyendo que iba a una reunión de amigas, se había vestido con pantalones pata de elefante y un blusón medio hippy.

Le llamó la atención que le abriera la puerta un criado desconocido con chaquetilla de rayas y gesto circunspecto, y que, precediéndola por el pasillo, guardara absoluto silencio. Los pasos, amortiguados por la gruesa alfombra, resonaban con lúgubre solemnidad. Al llegar a la puerta acristalada del salón, que otras veces había cruzado sin formalidad para encontrarse a su amiga escuchando música tendida en un sofá rodeada de envoltorios de caramelos, botellas de Coca Cola y revistas desperdigadas por todas partes mientras algún hermano pequeño veía la televisión, el criado se detuvo. Se hizo a un lado, abrió y, ante su asombro, la anunció:

—La señora de Campos.

Entró sobrecogida por ese ambiente de tedeum creyendo que el salón estaría vacío y cuál fue su sorpresa cuando se encontró a Carmen sentada en una silla muy alta, rodeada de su grupo de amigas, a las que, en comparación, se veía muy pequeñas.

Parecían Blancanieves y los siete enanitos a punto de tomar el té con tacitas de juguete.

Estaban Margarita, Chata, Patricia, Marta, Manu, Mari- tina y Concha. Hacía tiempo que no las veía pero ninguna se levantó para saludarla y Muriel se acercó tímidamente. Carmen señaló un taburete que estaba a su lado con gesto majestuoso.

Se sentó.

—Hola.

No sabía qué decir.

Le contestó un murmullo apagado y, después, silencio.

Muriel escrutó el rostro de las chicas, las siete se mantenían púdicamente con los ojos bajos, ninguna le devolvió la mirada. En ese momento entró la marquesa de Villaverde en el salón y todas se levantaron excepto Carmen, que permaneció sentada mirándose con aburrimiento las uñas. La madre fue besándolas una a una con exclamacio- nes apagadas:

—Hola, Marta, cómo estás, Muriel... —sus mejillas se rozaban apenas—. Ya os habrá contado Carmen, ¿no?, ya os habréis enterado, no hay más remedio...

Carmen, con desgana, le comunicó:

—Mamá, aún no les he dicho nada.

La madre contestó sorprendida:

—Ah, bueno, yo, si acaso, ya me marcho. —Con cierta incomodidad se fue a la puerta y les dirigió una mirada de disculpa a las amigas de su hija, que seguían en pie—. Sentaos, yo ya me voy, ya nos veremos en la boda.

Pronunció la palabra «boda» con el mismo tono con que otros dicen «funeral».

Carmen dijo:

—Mamá.

La marquesa se detuvo en seco con la mano en el picaporte y preguntó con aprensión, sin mirarla: —Qué.

—Que venga un médico, me duele un poco la cabeza. Chata dijo revolviendo en su bolso:—Yo llevo una aspirina si quieres. Pero se calló de pronto porque Carmen la fulminó con la mirada y la madre dijo:
—No, no, ya llamaré al doctor López Ibor para que te visite, solo faltaría. —Y preguntó con humildad—: ¿Algo más?

La hija contestó:

—No, nada. Gracias.

—De nada.

Se fue. Se volvieron a sentar. Otro silencio. Miró a su amiga de reojo. Carmen estaba muy guapa, con el pelo apuntalado por kilos de laca y teñido con mechas y su nueva nariz, recta y afilada, obra del doctor Vilar Sancho. Iba vestida primorosamente con una blusa de seda verde un poco escotada, collar de perlas, falda tubo a media pierna y tacones. Llevaba la pulsera de platino y brillantes que le había regalado Alfonso el día de su compromiso y que había pertenecido a su abuela, la reina Victoria Eugenia. Todas las amigas iban muy arregladas y Muriel se sintió fuera de sitio con su atuendo informal. Sonaron unas campanadas lejanas y Carmen se incorporó con esfuerzo:

—Oh, qué tarde es ya, estoy agotada. Esta mañana ha venido Miguel Rueda con los figurines y he tenido que escoger dieciséis conjuntos.

Todas hicieron ruiditos de aquiescencia, y entonces Carmen les notificó displicente:

—En realidad he querido reuniros a todas porque ya sabéis que mi vida va a cambiar. —Asintieron con entusiasmo—. Yo os voy a querer igual, nos conocemos desde siempre, pero ya nada volverá a ser lo mismo entre nosotras.

Las chicas no osaban ni siquiera demostrar extrañeza, se limitaban a estar absolutamente calladas. Muriel se miraba la punta de sus botines de ante con plataforma, le habían gustado mucho cuando se los había comprado, pero ahora resultaban muy inadecuados al lado de los zapatos salón que llevaban sus amigas.

—A partir de mi boda me tendréis que llamar alteza, nada de Carmen, y no me podéis tutear, lo entendéis, ¿verdad?

Hubo un instante de estupefacción en el que alguna de ellas estuvo a punto de soltar una risotada, pero al ver la expresión vigilante con que las observaba Carmen, afirma- ron con la cabeza con tanto frenesí que estuvieron a punto de desnucarse:

—Alfonso, es decir, su alteza, es muy puntilloso con esas cosas. Y ya no nos podemos besar, me tenéis que hacer una reverencia.

¿Una reverencia?, pensaban aquellas chicas que habían nacido en un país sin monarquía. ¿Pero eso qué era? ¿Como arrodillarse delante de la Virgen? Carmen las miró con agudeza leyendo su pensamiento:

—Si no sabéis hacerlo, buscaremos a alguien que os enseñe.

Llegados a este punto, Muriel creyó que se trataba de una broma y miró de reojo a Margarita, que tenía los ojos fijos en una cortina, a Chata, que se llevaba la mano a la boca como si ahogara una tos cuando en realidad se le escapaba la risa, Marta fruncía el ceño, Manu había empalidecido y tenía lágrimas en los ojos por el esfuerzo de aguantarse, pero Carmen, ajena a sus reacciones, como en trance, con los ojos entornados, proseguía de forma implacable:

—En realidad, no es Alfons, perdón, su alteza el que marca este protocolo, sino su secretario Hervé de Pinoteau. Ahora cada vez que queráis dirigiros a mí, ya sea por carta o por teléfono, tenéis que contactar primero con él, yo no puedo hablar con vosotras directamente. —Como si se le hubiera ocurrido en ese momento, prosiguió—: Él os dará lecciones para hacer reverencias y... —agitó la mano sin saber qué más decir— ... todo eso.

Cayó sobre ellas de nuevo un manto de silencio que nadie osaba romper. Como ninguna abría la boca, al final fue Carmen la que cortó de forma un tanto abrupta:

—Hala, ya os podéis ir.

Hubo un revuelo de sillas y las amigas iniciaron un conato de genuflexión, alguna incluso estuvo a punto de darse de morros contra el suelo. Como habían visto en alguna película que no se podi��a dar la espalda a los reyes, se fue- ron caminando hacia atrás, tropezando unas con otras hasta que chocaron con la puerta que el criado mantenía abierta mirando despectivamente a aquellas plebeyas que tanto tenían que aprender.

Las siete amigas se apretujaron en el ascensor y ninguna se atrevió a decir nada.

Riéndose, Muriel se lo contó a su suegro en la merienda, y ante su asombro, el doctor no solamente no le vio la gracia al relato, sino que le comentó con seriedad:

—Ojalá Franco rectifique y nombre sucesor al príncipe Alfonso, me han llegado rumores de que es muy falangista y que quiere mucho a su excelencia —cogió una lionesa que había comprado él mismo en la tienda Mallorca y la mojó en el café con leche—, y no tiene un padre liberal que esté haciendo la puñeta desde el extranjero como el otro.

Muriel quiso saber quién era el padre de Alfonso y el doctor repuso vagamente:

—Creo que ha muerto.
No pudo evitar preguntarle con su tono más ingenuo: —Entonces, ¿ya puedo frecuentar a Carmencita ahora que quizás va a ser reina?
El suegro la miró con el mismo asombro de Balaam cuando oyó hablar a su burra, temiendo que esa muchacha apocada y dócil le estuviera tomando el pelo, pero cuando la vio como siempre, con los ojos bajos, sirviendo más café sin que le temblase el pulso, descansó tranquilo y concedió con magnanimidad:

—Claro, ahora las circunstancias han cambiado; ser amiga de ella le puede aportar muchas ventajas a Luis.

Cuando se recibieron las participaciones, Luis manifestó con satisfacción:

—Todo el mundo quiere ir a esta boda, si nos han invitado ha sido por mi fama como cantante y porque soy un tío con clase y de derechas, no creo que hayan invitado a Serrat o a esos pelanas.

Muriel arguyó llena de asombro:

—Pero, Luis, si nos ha invitado Carmencita es porque es amiga mía.

Él se mofó:
—¿Amiga tuya y te dice que la trates de alteza?

Luis tenía una forma de decir las cosas que a veces conseguía que se le saltaran las lágrimas, pero siempre a solas, cuando no la veía nadie. La muerte de Frank la había dejado débil y floja, pero, como le remachaba su suegro con conocimiento de causa, cuando en una casa entra la tristeza, la felicidad sale por la ventana. Y ella quería formar un hogar feliz para Luis y para sus hijos. De eso se trataba, ¿no? Su suegra le había regalado por su cumpleaños un cojín en el que había bordado a punto de cruz: «La mujer es la reina de la casa y está al servicio de su marido y de sus hijos».

¿Pues qué reina era esa?, se preguntaba cuando se que- daba despierta y sola hasta tarde, atravesando esos enor- mes desiertos de insomnio en los que se habían convertido sus noches. ¡Servir de criada al marido y a los hijos, menudo panorama!

Pero enseguida se arrepentía de su exabrupto porque precisamente, en cuanto a criadas, no tenía de qué quejarse. Se había traído a la dulce Nuky de Filipinas y conservaba la salus. Claro que había tenido que transigir y contratar fija a Matilde sabiendo que metía al enemigo en casa.

¿Pues no le había dicho que quería que Murielilla la llamara La Seño cuando empezase a hablar? ¡Pero si la pobre niña berreaba como una posesa cada vez que Matilde asomaba por la puerta su rostro cetrino, que no conseguía animar ni esbozando una sonrisa más falsa que Judas, ni siquiera haciendo «cu cu» con su voz aguardentosa de camionero!

Pero, en plan Escarlata O’Hara en Lo que el viento se llevó, cuando le venían a la cabeza estos problemas que en la oscuridad de la noche se le antojaban insolubles y estaba sola en la cama porque Luis se encontraba cantando por esos mundos de Dios, o al menos eso decía él, se daba media vuelta, apretaba los ojos y se repetía «ya lo pensaré mañana». Y mañana, a la luz del día, con la primera sonrisa desdentada de Murielilla y esa oleada tibia de felicidad que le proporcionaba, el problema había desaparecido.

Y además, quizás sí que Luis tenía razón y Carmencita había dejado de ser su amiga.

Por eso se sorprendió cuando unos días antes de la boda recibió una llamada. Matilde, la muchacha, le anunció:

—La señorita Carmen al teléfono.

Se puso intentando acordarse de todas las instrucciones que había recibido el día de la reunión con las amigas, y haciendo una reverencia mental tartamudeó:

—Alteza, majestad..., princesa...
Carmencita se puso a reír:
—Ay, no seas tonta, dije todo eso porque Alfons me obligó; no hagas caso. Vendrás a mi boda, ¿verdad? Muriel se relajó:
—Claro, me hace mucha ilusión, ¡estarás muy contenta! —Sí, como Alfons es tan alto, ya podré llevar siempre tacones.
Muriel se quedó algo desconcertada por esta aspiración tan fútil, pero se apresuró a darle la razón:
—Sí, es verdad. ¿Y tienes mucho trabajo?
Otra vez la risa de Carmen, tan parecida a la de su madre:

—Uf, tremendo, como el modisto ya me ha terminado el traje, estoy todo el día aprendiendo a bailar flamenco con la hija de Manolo Caracol.

Otra vez se quedó Muriel sin saber qué decir y al fin preguntó:

—¿Y cómo se llama?
—La Caracola.
Suspiró Muriel:
—Digo el modisto.
—Ah, Balenciaga... Pertegaz y él casi llegan a las manos porque lo querían hacer los dos; mamá les propuso que uno cosiera el cuerpo y otro la falda, pero se negaron. Pertegaz es más pesado que una vaca en brazos.

—Pero si es muy chiquitín.
Carmen se exasperó:
—Es una broma, Muriel, jopé, con el tiempo que hace que llevas aquí y no nos has pillado el sentido del humor. Muriel se disculpó y se rio con retardo:
—Ah, ja, ja, ja, una vaca en brazos, es muy gracioso —pausa—, luego te irás a Suecia de embajadora.
—Sí, pero solo un año, aquello es un rollo. Ya me ha dicho el abu que le dará un trabajo a Alfons aquí en Madrid. Y la abuela nos ha regalado un piso en la calle San Francisco de Sales; los están construyendo aún. Oye, se me ha ocurrido una cosa... —su voz se había animado—, ¿por qué no compráis un piso allí también? Así seríamos vecinas.

Muriel pensó con temor en lo que costaría eso, claro que quizás para entonces Luis ya ejercería de abogado y el dinero empezaría a entrar por la ventana. Ah, no, que era la felicidad la que entraba por la ventana. ¿O salía?

Respondió prudentemente:

—Se lo comentaré a Luis —y pensó que debería decir algo positivo de ese novio al que no había visto nunca—. Alfonso, su alteza, quiero decir, es estupendo.

—Espera, que cierro la puerta. —Se alejó la voz, volvió—: Hombre, todo ha sido cosa de mi padre; total nos hemos visto a solas tres fines de semana, pero Alfons no está mal y así me voy de esta casa de una vez.

Muriel se atrevió a preguntarle tímidamente:
—Pero ¿no te da miedo casarte?
Se rio la otra con suficiencia:
—No te creas que es tan soso como parece. Cuando estuvimos en Courchevel, en casa de los Weyler... Fuimos con mis tíos de carabina, ¡pero como nos íbamos a casar, la tía Clotilde hacía la vista gorda!

Y recordando su propia boda, Muriel se atrevió a preguntar:

—¿Y estás segura, Carmen?
La muchacha dudó, y con un punto de amargura dijo: —Ahora ya no puedo volverme atrás..., es lo que hay. Reinas o plebeyas, filipinas o españolas, todas habían caído en lo mismo. Si dabas un mal paso, tenías que casarte. Como decía Carmencita, es lo que hay.

Pero Muriel no pronunció ni una palabra. La amistad entre mujeres muchas veces se mantiene por lo que no se dice más que por lo que se dice.

La verdad es que, mientras se vestía, no podía dejar de sonreír pensando en su amiga. Carmen era todo lo que ella no era, espontánea, alegre, atrevida, osada... Le gustaba vivir intensamente sin que la frenara la opinión de los demás. Sin embargo, ella se sentía controlada por su marido, sus suegros, los periodistas, ¡hasta por la muchacha! Incluso su madre desde Manila le escribía largas cartas en las que le recomendaba no dar que hablar, «piensa, hija, que Luis tiene una profesión muy difícil y necesita a su lado una mujer ordenada y sin sobresaltos que dé tranquilidad a su vida».

¡Basta!
¡Por favor, basta!
Un receso, necesitaba que el mundo se parase un momento, tenía ganas de levantar el dedo como cuando estaba en la escuela y pedía para ir al lavabo, estoy aquí, por favor, no me atropelle, no me pase por encima, no me aplaste.

De pronto, su corazón se llenó de tristeza y su vida le pareció gris e insulsa. Un dolor inexplicable y angustioso se apoderó de su corazón, se sentía inflamada por un vago deseo de algo desconocido, tuvo que sentarse en la cama para no caerse al suelo.

¡El ansia de lo excepcional!
Ella también quería, ¿o es que solo lo podía sentir Luis? ¡A ella también le gustaría salir de las cuatro paredes de su casa, abandonar por unas horas su papel de madre y es- posa perfecta, romper las costuras de ese vestido demasiado estrecho y saltar desnuda volando por la ventana!

Se puso de pie como una sonámbula, se acercó a su marido y le preguntó:

—Mi amor, no crees que podríamos... —Pero Luis canturreaba sin hacerle caso—, ... que quizás yo... Luis, por favor.

Luis cerraba los ojos y le decía:

—Espera..., espera..., no me digas nada... Dame papel y lápiz...

A terra chá.

—Luis, me gustaría...
—Murielita, mi amor, ¿no ves que estoy componiendo? Se puso a escribir; ella se rindió con un suspiro y terminó de vestirse en el cuarto de baño.
A Luis le acababan de regalar una capa madrileña de lana con el forro de terciopelo y se empeñó en ponérsela encima del traje, aunque su mujer lo miró dubitativamente:

—¿No es una cosa trasnochada esto de la capa?
Luis contestó con suficiencia:
—Es una prenda que solo puede llevar un tío con buena planta como yo. Figúrate a Víctor Manuel con capa, parecería una seta.

Muriel arrugó la nariz:
—Es que huele a... ¿oveja?
Luis, molesto, comentó:
—Yo no huelo a nada.
Pero se echó medio litro de Eau Sauvage por encima. Se miraron en el espejo del ascensor. Luis, con la capa, abultaba el doble que ella, y tampoco sabía muy bien cómo se ponía; ensayó varias posibilidades moviendo los bra- zos como aspas de molino. Al final decidió envolverse en ella. Como es natural, así no podía conducir, y fue Muriel la que tuvo que llevar el coche a pesar de los vertiginosos zapatos de tacón que se había puesto.

Cuando llegaron al palacio de El Pardo los hicieron quedarse en uno de los patios cubiertos, todo el mundo los miraba pero no por la capa de Luis, sino por el traje rojo de Muriel; era la única que iba de ese color además de la madrina, la marquesa de Villaverde. Claro que ellos a la marquesa de Villaverde, al marqués, que iba vestido de caballero del santo sepulcro con una malla blanca que lo marcaba todo, al padre de don Alfonso, que no solamente no se ha- bía muerto sino que estaba muy vivo y dedicándose con entusiasmo a vaciar una botella de whisky, no los vieron en ningún momento porque los invitados principales estaban en el piso de arriba. Cuando Luis se dio cuenta de que los habían puesto con los convidados de segunda, empezó a protestar:

—Coño, para eso que no te inviten.

Y todavía se disgustó más cuando vio aparecer a Carmen Sevilla y su marido Augusto Algueró, ¡y a Lola Flores! Un grupito de periodistas vestidos de medio pelo y con las cámaras en ristre los abordaron. Lola les comunicó con su profunda voz:

—Mi marido Antonio, al que vosotros llamáis sin motivo el Pescaílla, no ha podido venir porque está de luto.

El de la agencia Efe le preguntó a Muriel por qué habían sido invitados.

—Hemos venido porque... —miró a su marido y rectificó a tiempo— Carmencita es una admiradora de Luis y ha ido a muchos recitales suyos.

El fotógrafo la amonestó:
—Querrás decir su alteza real la princesa de Borbón. No le correspondía ese tratamiento, pero en esa hora confusa, si a Carmencita la hubieran nombrado emperadora de las Indias, todo el mundo lo hubiera acatado:

—Sí, su alteza real..., eso.

Se fueron los fotógrafos, Lola la miró de arriba abajo y le dijo guiñándole un ojo:

—Mira a esos moscones.

Un grupo los observaba fijamente desde que habían llegado, y Muriel dijo con modestia:

—Sí, claro, ¡Luis es tan conocido!

Lola lanzó una carcajada y le dio con el codo: —¡Vamos, niña, que no es por él..., te miran a ti!
Luis, que estaba tomando un vino y hablando con el esquiador Paquito Fernández Ochoa, que también llevaba capa, las observó con inquietud, y sin mucho disimulo le susurró a su mujer mientras trataba de apartarla del grupo:

—No hagas corro con ella, que no quiero salir mañana a su lado en las revistas.

Pero una impertérrita Lola señaló a Luis y a Paquito, engarfió los dedos, desorbitó los ojos y dijo con su voz profunda de fumadora empedernida:

—Uh, qué miedo, los vampiros de Düsseldorf.

Luis esbozó una risa de conejo y ya se sintió toda la noche en ridículo.

A las mesas con el bufet era impensable llegar, el timbal de langostinos y la silla de ternera se acabaron en los diez primeros minutos, había dos mil personas y los empujones eran continuos. Se abrieron paso hasta ellos el tenista Santana, que iba con su mujer María Fernanda, y Victoriano Roger Valencia, al que llamaban el Don Juan de los toreros. Aunque tenía novia, había ido solo y trató de maniobrar para ponerse al lado de Muriel que, sin saber quién era, le preguntó:

—¿A qué te dedicas?

Victoriano, del que se decía que aún tenía más éxito que Luis Miguel Dominguín con las mujeres y por el que la princesa Titi de Saboya acababa de pegarse un tiro en la barriga, le dijo arrimándose:

—Soy abogado.

Y no mentía, porque era abogado además de matador de toros. Muriel sonrió encantada:

—Mi marido también —como vio que el hombre miraba con extrañeza a Luis, Muriel se vio obligada a precisar—, además de cantante.

Un chambelán se acercó a preguntarles:
—¿Quieren saludar a la novia?
Luis, creyendo que era una atención especial hacia ellos, se apresuró a decir que sí y se integraron en una cola de varios centenares de personas. Victoriano se mantenía muy cerca de ella, pero como Muriel vio que eso no le gustaba a Luis, se retrasó hasta que se situó al lado de Santana y su mujer. En ese instante vio pasar a un anciano con la boca abierta, ojos llorosos y manos presas de un temblor incontrolable, y le tiró de la manga a su marido:

—Mira, es Franco.

Estuvieron casi tres horas en la cola, un criado iba dando instrucciones y repartiendo vasos de agua y de vino:

—No den la mano, hagan una reverencia las señoras y los señores una inclinación de cabeza, trátenlos de alteza, no les hablen si no les hablan, no se detengan.

Carmencita y Alfonso estaban sentados en una especie de trono. Luis quiso decirle un requiebro a Carmen, irreconocible bajo una corona de enormes esmeraldas, perlas y brillantes regalo de sus padres, pero el criado le dio un empellón para que se fuera y él protestó porque el vino lo volvía arrogante:

—Coño, déjenme.

Tropezó con la capa, trató de ponérsela alrededor de los hombros y al final se envolvió en ella como si fuera un capullo de seda. Solo se le veía la cabeza, que parecía reducida de tamaño. Se movía con dificultad. Muriel, como siempre, exhibía la grave dulzura de sus ojos castaños. Había visto de lejos a Imelda Marcos, que iba vestida con el traje típico filipino de seda blanca con las mangas abullunadas, y era una de las pocas personalidades internacionales que habían aceptado acudir a la boda de la nieta de uno de los últimos dictadores de Europa.

Ahora, en el caso improbable de que la viera y la reconociera, Imelda ya no le diría «qué niña más educada». Era una señora casada con un cantante famoso y futuro abogado.

Miró de reojo a su marido, abogado... Pensándolo bien, la capa podía pasar por una toga de abogado. Ahora no recordaba si los abogados españoles llevaban peluca, se imaginaba a Luis con unos bucles blancos cayéndole alre- dedor del rostro...Tendría la apariencia noble de un sena- dor romano.

Perdida en estas ensoñaciones tardó en darse cuenta de que una mujer de mediana edad, con gafas de cristales gruesos y montura de pasta negra, estaba frente a ellos. Señaló a su espalda y dijo en muy mal español:

—Somos de la revista Vogue Francia —eso despertó la atención instantánea de Luis, que exhibió ipso facto su mejor perfil—, estamos haciendo un reportaje sobre los invitados más destacados.

Luis sonrió con suficiencia, ¡su «Katerine» había atravesado fronteras!

—Muy bien, qué guapa eres..., cherie —la cogió por el hombro y miró a su alrededor, estaba tan emocionado que se puso a tartamudear—. ¿Dón... dónde quieres que pose?

La mujer se desasió con disgusto y preguntó extrañada:

—¿Cómo? Usted no. Nosotros queremos hacerle un reportaje a su esposa; es la más elegante y más guapa de la boda.

El rostro de Luis pasó del blanco al rojo y después al amarillo en cuestión de segundos. Se le alargaron los dientes. Miró a la francesa de tal manera que la otra retrocedió unos pasos con las palmas levantadas como si fuera a atacarle. Luis bramó:

—¿Cómo? Pero si el artista de la familia soy yo, ¿qué se creen?, ¡soy un cantante muy famoso!

El fotógrafo, sin entender, apuntó a Muriel con la cámara y Luis le dio un manotazo que casi lo tiró al suelo:

—¡He dicho que a mi mujer no le haces fotos!

Cogió a Muriel por el brazo y la arrastró a la salida con tanto ímpetu que abrió un paso entre la compacta multi- tud como separó Moisés las aguas del mar Rojo:

—Pero qué se creen estos gabachos, que se vayan a hacer fotos a su puta madre si es que la conocen. ¡Que cierren las fronteras otra vez, coño!

Y luego miraba a Muriel de arriba abajo:

—¿Y me quieres decir por qué cojones te has puesto este vestido tan llamativo? Más discretita tienes que ir.

Mascullaba barbaridades:

—Muy ligera te veo a ti, siempre provocando. ¿Por qué hablabas con Santana? Coqueteabas, la mujer te dirigía unas miradas... ¡Y tú ahí, soltando chorradas! —La imitaba—: Oh, no me digas, qué interesante, ¿has ganado Wimbledon? ¡Como si te importara algo lo que te decía el dentudo ese!

Muriel iba avergonzada, con la mirada baja, sin querer saber si la gente oía los gritos desaforados y las imprecacio- nes de Luis:

—¿Y el torero? Ya estará contando por todo Madrid que se ha acostado contigo. —Con el índice se bajaba el párpado inferior del ojo—. A mí me la van a dar... A este del foro... Si no conoceré yo a estos tíos golfos. ¡Cuando ellos van, yo he ido y he vuelto cien veces!

Se giraba hacia el palacio, donde un grupo de legitimistas franceses invitados por Alfonso, que tenía pretensiones al trono de Francia, los miraban boquiabiertos. Luis se ponía en pompa enseñándoles el culo:

—Chupádmelo, gabachos. —Luego se giraba, se abría de piernas y se ponía a dar saltos mientras se tocaba los testículos con ambas manos—. ¡Victoriano Valencia, chúpame la polla!

Muriel, que nunca se había visto en esa tesitura, no sabía dónde meterse ni dónde mirar y se tapaba la cara con el bolso.

Milagrosamente, encontraron su Seat entre aquel mar de coches, y Luis la tiró dentro de un empujón:

—Tú solo puedes hablar con otras señoras. Tienes que ser una mujer de tu casa y no ir llamando la atención por ahí, eres una madre de familia y no una zorra.

Metidos en la inmensa caravana que colapsaba la carretera de El Pardo, el camino hasta Madrid se les hizo interminable. Muriel intentó razonar:

—Luis, era una revista de moda y además son franceses, no te habrán reconocido.

—¿Cómo? —decía él sacando fuego por los ojos—. ¡A mí me conocen en Francia y en Pompeya!

Cuando llegaron a casa Luis seguía furioso, arrojó la maldita capa al suelo, se desnudó a manotadas, se metió en la cama y se puso de cara a la pared como un niño pequeño. Muriel, para distraerlo, le llevó el papelito en el que había garabateado unas palabras mientras se estaba vistiendo.

—Mira, eso que componías.

—Déjame en paz. —Y luego añadía ceñudo—: Desnúdate y ven.

Ella le dijo:
—Lo tiro entonces.
Y se fue hacia el baño para echarlo por el váter. Luis se levantó con una agilidad impensable:
—Ay, joder, me he hecho daño... No tires nada, coño —le arrebató el papel, lo puso sobre la mesilla de noche y lo alisó—. Miña xoia..., os teus ollos amorosos...

Muriel se fue desnudando, quitándose el maquillaje cuidadosamente, aplicándose durante unos segundos una toalla fría y otra caliente sobre el rostro como hacía desde que era niña, dándose ligeros golpecitos con la crema de noche en las mejillas y el escote y cuando se dirigió a la cama, él estaba mordisqueando el lápiz. Intentó deslizarse entre las sábanas sin llamar la atención, pero Luis le dijo con ese humor cambiante que era una de sus características:

—No te duermas, que tu maridito te necesita.

Ella le preguntó ahogando un bostezo y en el fondo sin ningún interés:

—¿Qué estás escribiendo?
Y él le respondió:
—Una canción en gallego.
Se le escapó a ella decirle, apesadumbrada, como si le hubiera confesado que estaba jugándose de nuevo su fortuna a la ruleta:

—Luis, ¿otra canción?
—Sí, y en gallego.
—¿En gallego? —se asombró ella meneando la cabeza, pensando en quién iba a escuchar una bobada así.

Con la mente en la melodía, Luis le hizo el amor distraído, tarareando a ratos, y cuando terminó se tumbó a su lado mirando el techo:

—Quiero tenerte siempre preñada.

Muriel suspiró, pero dos meses después ya lo había conseguido.

Y la canción en gallego ha sido quizás el éxito más grande de la carrera de Luis.

Ella no se puso jamás el vestido rojo y la capa fue en- vuelta en su funda de tela con bolas de naftalina y nunca más volvió a ver la luz.

En realidad, todos eran tan escépticos como Muriel. El «Poema a Galicia» solo le gustaba a Luis y a Abad. Los de su casa de discos, Columbia, le dijeron a Fernando:

—Seamos sinceros, esta canción únicamente la va a comprar el padre de Luis.

Herreros fue más brutal.

Luis apareció un día en su despacho de la calle Pedro Muguruza con la guitarra bajo el brazo para cantársela. He- rreros se burló:

—Ya está aquí Mateo con su guitarra. ¿Qué nos traes hoy?

A pesar de ser su representante, Herreros nunca había llegado a creer en Luis, y además esos días estaba desesperado. Se había enamorado de la actriz catalana Emma Cohen, que no le hacía caso, y amenazaba con suicidarse. O sea, que no estaba para escuchar las penas de los otros.

Descalciña polo mar camiña a miña xoia meu ben

No lo dejó terminar y barrió con un gesto la canción, la letra y a Luis Campos:

—Eso es una catetada... en gallego... —puso voz estridente de secretaria—. Adiós, Luis, gracias, Luis, tráeme algo que valga la pena, Luis, dame alguna alegría, Luis, ¡que pase el siguiente!

Entró un chico rubio, con tupé y mofletes de querubín. Herreros dijo señalándolo:

—Mira, toma nota, este será nuestro próximo triunfa- dor, el ídolo de las nenas, se llama Jaime Morey.

Luis se fue rojo de indignación sin despedirse, pero Fernando se quedó en el despacho tratando aún de convencer a su jefe. Pero Herreros, que era prepotente y maleducado, sentenció poniendo el pulgar hacia abajo:

—Morituri, Fernando. Este pollo pera está acabado, no entiendo cómo sigues con él, tú no eres mal mánager pero Luisito es como una piedra atada al cuello que te arrastrará hasta el fondo.

Fernando protestó:

—Pues yo creo que tiene un gran futuro, Quique, será el Frank Sinatra latino, ya verás.

Herreros rio estrepitosamente:

—Será la gran mierda latina. —Miró a su nuevo pupilo, que parpadeaba intentando en vano que sus cándidos ojos azules se humedecieran—. Jaime Morey. Este sí que vale.

¡Otra vez con el disco debajo del brazo! A Luis le parecía que el tiempo no había corrido, que los relojes iban marcha atrás, que los salmones remontaban río arriba y que estaban otra vez en la casilla número uno. Emisoras, entrevistas, salas de fiestas pequeñas, grandes, todos tenían que escuchar su «Poema a Galicia». Llamar por teléfono a los periodistas, invitar a comer, a cenar, a putas, a copas...

Decir las palabras exactas, las más convincentes, vender el disco en una frase, jugárselo de nuevo todo a una carta.

Regresaba a casa desalentado y triste, cojeando, con el frío hostil de la calle en las mejillas. Si Muriel le preguntaba, gruñía:

—Bien, todo bien. Tú no te preocupes, tú la casa..., la niña... —y después se acordaba de su embarazo—. ¿Cómo te encuentras?

Muriel no se encontraba bien. Tenía náuseas constantes, le dolían las piernas, siempre le parecía oír el llanto de su hija aunque la chica se la hubiera llevado a paseo; pero Luis, derrumbado en el sofá, con la marca del hastío en el rostro, la escuchaba distraídamente y le decía con vaguedad:

—Pues descansa, no hagas nada, que te lo haga todo el servicio.

El servicio, claro. Ahí estaba el problema.

Nuky había sido una mala adquisición. La muchacha alegre de Manila que cantaba siempre como un jilguero, que hacía sonreír a Murielilla y a todos, se había transformado en Madrid en un ratoncito gris, temeroso, con un trapo siempre en la mano, que se escondía por los rincones. Muriel le preguntaba:

—¿Estás bien, Nuky?

La adolescente asentía sin atreverse a levantar la mirada del suelo.

Luis protestaba:

—Esta chica me da mal fario, parece la superviviente de un campo de concentración.

Porque era cierto, cada vez estaba más delgada, su piel tenía una tonalidad verdosa, el uniforme le iba grande y se la notaba sin fuerzas ni ánimos.

Muriel, preocupada, le preguntaba a Matilde:

—¿Está bien esta chica? Supongo que le enseñas cómo van las cosas aquí y la ayudas, ¿no?

Matilde contestaba con esa altanería que la hacía tan antipática:

—Por supuesto, señora.

Nuky solo revivía cuando entraba en la habitación de Murielilla. Aunque no sabía hablar español, se llevaba bien con la salus y le enseñó cómo había que coger a la niña y las cosas que le parecían divertidas. Agitar la mano, rascarle la barriga, el ruido de las llaves, y entonces el bebé reía a car- cajadas enseñando los dos granitos de arroz que tenía en la mandíbula inferior.

Pero de pronto cesó también de ocuparse de ella. Muriel se la encontraba a veces de rodillas fregando el suelo y cuando se lo comentaba a Matilde y le preguntaba por qué no utilizaba la fregona, la mujer protestaba con gesto austero:

—¿Ese invento moderno? Es mejor de rodillas, se limpia más a fondo.

—¿La aspiradora tampoco la usa?

—Donde esté un buen cepillo...

Pero pronto dejaba de prestar atención; sería cuestión de tiempo, ¡a ella también le había costado aclimatarse! Y había tantas novedades en la casa... De repente un día Luis llegó con un contrato en el que le pagaban 500.000 pesetas por ir a actuar a Holanda y a Bélgica. Muriel se asombró:

—Pero, cómo, así, de pronto...

Un latigazo de dolor cruzó el rostro de Luis, que masculló:

—Joder, mi vida, de pronto —levantó los zapatos, Sebago, eso sí—. Mira estas suelas, me he pateado todo Madrid intentando colocar el disco.

—Sí, sí, claro —se disculpaba ella y trataba de enmen- dar su metedura de pata, no quería parecer una persona insensible—, pero, quiero decir, ¿por la canción gallega?

Ahora Luis optaba por una envenenada ironía:

—No, preciosa, por la danza watusi —se enfadaba—. Por el «Poema a Galicia», sí, nadie creía en esa canción y mira, a todo el mundo le encanta aunque está escrita con los pies, en un gallego inventado. ¿Sabes que en Francia se creen que Galicia es una mujer?

La cogió en brazos y dio unos pasos con ella por el sa- lón, pero pronto la soltó porque se le doblaba la pierna:

—Vuelves a pesar mucho... ¿Quién tiene un marido que es el mejor cantante del mundo y parte del extranjero?

Ella preguntó ilusionada:

—¿Entonces este verano viajaremos por Europa?
Él descartó la posibilidad con un gesto:
—Yo sí, preciosa, pero tú no... Mira, yo soy como un hombre de las cavernas que lleva el dinero a casa, y tú solo has de tener la cueva en buenas condiciones y cuidar a las crías. Y dándome placer como solo tú sabes dármelo.

Luis había llegado a la conclusión de que tenía que via- jar sin ella para poder desplegar todos sus encantos de Te- norio español. ¡El macho latino no podía ir con una mujer del brazo y encima embarazada, aunque fuera tan guapa como Muriel!

¡Si era guapa, todavía peor, su misión era enamorar a las mujeres, no meterles por los ojos un matrimonio feliz y prolífico!

Vale que Raphael se había casado con Natalia Figueroa y que iban juntos a todas partes, pero ¿verdad que a Raphael las fans nunca le habían gritado queremos un hijo tuyo?

La llevó a la cama y como siempre que estaba contento, le hizo el amor. En realidad le hacía el amor si estaba contento y si estaba triste, si estaba cabreado o si era feliz, siempre había un motivo. Y Muriel se dijo que, sin embargo, nunca le preguntaba si a ella le apetecía.

Se quedó despierta con este pensamiento perturbador; era la primera vez que se le ocurría... La claridad de las farolas de la calle entraba por las ventanas abiertas, el calor volvía a instalarse en Madrid, ella recordaba con horror el verano anterior, también estaba embarazada. Ahora ya se imaginaba siempre a sí misma con un niño dentro, sería así toda la vida, la reina (embarazada) del hogar.

Se levantó y fue a por un vaso de leche a la nevera, leche muy fría bajando por su garganta ardiente. Se relamió los labios. Era muy tarde, pero un resquicio de luz se colaba por debajo de la puerta. ¿Había alguien?

Se asustó. Pensó en llamar a Luis pero el pobre dormía, al día siguiente tenía que ir a Cádiz y al otro a Badajoz.

Oyó un ruido muy tenue... Abrió poco a poco.

Sentada en el suelo, con las manos metidas en el cubo de la basura, estaba Nuky.

Se cruzaron sus miradas. Agarraba un hueso de pollo con la mano y tenía el rostro lleno de grasa. Estaba asus- tada.

Muriel desconcertada preguntó:

—Pero, Nuky... —La chica empezó a retroceder arrastrándose por el suelo poniendo el hueso al frente como un escudo. Muriel trató de cogerla—. No pasa nada, no te voy a reñir.

Nuky empezó a negar violentamente con la cabeza, y ella se puso a hablarle en tagalo, el dulce idioma de la infancia:

—Levántate, tranquilízate.
Cogió dos sillas, ella se sentó en una y le señaló la otra: —Siéntate, por favor.
La chica lo hizo temerosa, y Muriel sacó leche y galletas, le colocó una servilleta alrededor del cuello como hacía con Murielilla y empujó el plato hacia ella. Nuky no se atrevía a comer y Muriel la apremió con un gesto conminatorio:

—Come.

Se lanzó sobre el plato y devoró las galletas, Muriel sacó más, y más comió, puso otro vaso de leche y otro y se dio cuenta de que, si no la detenía, comería indefinidamente. Al final le cogió las manos y le pidió:

—Ahora cuéntame qué te ha pasado.

Con las mejillas arreboladas y un ligero bigote blanco, Nuky le soltó su pequeña vida llena de miserias. Desde el principio Matilde le había manifestado odio y aborrecimiento, no le daba de comer, solo lo que sobraba de su plato y aun a veces prefería tirarlo a la basura. No la dejaba sentarse en una silla en su presencia, le había prohibido entrar en la habitación de la niña porque decía que era una sucia, y Muriel sabía lo que le dolía este insulto porque no hay filipino que no se lave varias veces al día.

—No me da jabón, me mancha el uniforme, me habla y sabe que yo no la entiendo, y se enfada y me pega.

Se levantó la manga del sucio camisón y en su brazo de niña tenía unos arañazos.

Muriel tragó saliva para no ponerse a llorar. Se iba indignando y entristeciéndose a la vez. ¿Todo eso estaba pasando en su propia casa?, ¿cómo ella no se había enterado de nada? Tuvo que contener un sollozo lleno de remordimientos, casi enfadada con la muchacha:

—Pero ¿por qué no me decías nada? Nuky, yo soy responsable de ti en esta casa, tus padres te pusieron en mis manos.

Nuky no sabía qué decir, tenía miedo, no entendía el idioma, era pobre, los señores, los padres del señorito, la miraban con malos ojos... Era extranjera, era pobre. Tenía miedo.

Sí, el miedo, ella eso podía entenderlo. Sin dejarla hablar más, la abrazó tiernamente y se dio cuenta de lo delgada que estaba. Luego se apartó y le pidió:

—No tengas miedo, todo ha terminado.

La acompañó a su habitación, nunca se le había ocurrido indagar dónde pasaba las noches. Era poco más que un armario con un colchón en el suelo, y se reprochó por su egoísmo. Ella creía que dormía con Matilde, que tenía una habitación amplia con dos camas.

Le dijo:

—Quédate tranquila. No vas a volver a verla. Yo soy como tu mamá... —le tocó el pecho y luego se lo tocó a ella misma—, yo... nanay...

Como una niña pequeña, Nuky susurró «nanay», cerró los ojos y se quedó instantáneamente dormida.

Eran las dos de la mañana, pero a Muriel ni se le ocurrió mirar el reloj. Una rabia quemante de color verde le subía por el esófago. Abrió de par en par la puerta de la habitación de Matilde. Ahí estaba, con una red en la cabeza para no despeinarse y emitiendo un ronquido de satisfacción, con esa sonrisilla en sueños que solo tienen las personas con una conciencia tranquila.

—¡Matilde!

La mujer abrió los ojos y se le borró la sonrisa, que fue sustituida por un mohín malhumorado aunque al ver que era Muriel puso su expresión meliflua de siempre:

—¿Qué se le ofrece a la señora?
—Recoja sus cosas ahora mismo y váyase de mi casa.
La otra se incorporó, se sentó en la cama buscando las zapatillas con los pies y se puso a tartamudear:
—Pero qué, cómo, ¿se ha vuelto loca? —Luego cambió el tono por otro falsamente adulador—. Perdone, es por su estado, ahora lo entiendo, está alterada, voy a llamar a su suegra para que venga. Como a la niña de El exorcista, a Muriel le salió de dentro la voz de Luis, porque ella no estaba acostumbrada ni a decir tacos ni a imponerse:

—Ni suegra ni hostias.

Observó una luz de satisfacción en los ojillos malignos de Matilde porque le había hecho perder el control y decir palabrotas; qué sabrosos los chismes que iba a contar por todo Madrid acerca de esta filipina salvaje que no sabía comportarse como una señora. Pero en esos momentos el qué dirán no le importaba a Murielita.

—Coja sus cosas y váyase.
La otra sonrió con picardía:
—Ha sido esa cochina, ¿no?, que le ha ido con cuentos. Es una ladrona, y sucia, y es ignorante... Es un animal que no merece vivir en una casa decente, ¿para qué la han traído? Vergüenza me da tener que estar con ella. —Y luego exhibía el supremo triunfo—. Ya se lo diré al doctor Campos y a la señora.

—La señora soy yo y le digo que se vaya.

La otra se carcajeó, ya rotos todos los diques de contención, la voz se había tornado bronca y vulgar, se había evaporado el barniz refinado con el que procuraba hablar siempre:

—¿Señora, usted? Señora es doña Chelo... ¡Si todo el mundo sabe de dónde la sacó el señorito Luis! —Se acercó a ella, su rostro deformado por el odio, su aliento olía a podredumbre y descomposición—. Yo lo sé, me lo ha contado la señora, que usted era...

Muriel retrocedió repelida por esa expresión desquiciada y terrorífica, por ese vómito de inquina, pero a pesar de todo intentó que su voz permaneciera firme:

—Mañana, cuando me levante, usted ya no estará, si no la denunciaré a la policía.

No sabía si tal cosa podía hacerse ni en concepto de qué, pero lo cierto es que, cuando se levantó por la mañana, Matilde había desaparecido con todas sus cosas e incluso con algunas de la familia de paso. Fue a su habitación, abrió las ventanas de par en par y, con un estremecimiento de repugnancia, procuró borrarla de su memoria.

Por la tarde se presentó su suegro a merendar pero su rostro no exhibía su sonrisa habitual, ni bromeaba con la salus o con Murielilla, ¡estaba enfadado! Nada más sentarse, lo soltó:

—Me ha llamado Matilde muy disgustada. Que la has echado porque has preferido a esa... filipina.

Por primera vez Nuky estaba sirviendo el café con leche, perfectamente peinada y vestida y tan nerviosa que la enorme cafetera temblaba en sus manos. Muriel la miraba de reojo temiendo que la dejase caer:

—Sí, Nuky es filipina como yo y como tu nieta —cogió el azucarero y le sirvió a su suegro una cucharada—, y te recuerdo que yo soy la reina de esta casa, que es la mía.

Nuki consiguió servir sin derramar una gota y Muriel compartió con ella una mirada de complicidad y triunfo que pasó desapercibida para todos.

Menos para Luis, que inusualmente estaba en casa y preguntó suspicaz:

—Qué, qué pasa.

Y Muriel, sin quitarle los ojos de encima a su suegro, dijo:

—Nada, Luis, no pasa nada..., cosas de la intenden- cia doméstica, ya sabes, la cueva la tiene que cuidar la mujer, ¿no?

Luis se rio brevemente, apuró su café y se fue después de darle un beso a su mujer y un golpe en el hombro a su padre, sin advertir la mirada sombría de este.

Cuando nació Luis José, con uniforme nuevo y más orgullosa que nadie, Nuky se hizo una fotografía sosteniéndolo. Luis José parecía más grande que ella, el faldón que llevaba le arrastraba por el suelo.

La enmarcó y la puso en el mejor lugar de su habitación, donde había instalado un altar que crecía diariamente. Al lado de los dioses de su gente, el pájaro Tgmana-Nuguin y el cuervo Myltipa, junto a una imagen de la Virgen y un recorte de la revista La actualidad española en el que aparecía una foto de Muriel en el día de su boda. Y todas las noches encendía velas y les rezaba a los anitos, que son los espíritus de los tagalos muertos, a Nuestra Se- ñora Mediadora de Todas las Gracias, a Muriel y a Luis José.

Claro que la señora la reñía:
—Nuky, no se te ocurra llevar todo eso a la nueva casa. Porque al final habían decidido comprar un piso en el edificio de San Francisco de Sales número 31, justo encima del de Carmencita. Había sido el padre el que había convencido a Luis:

—Esto se os ha quedado pequeño y es una buena inversión, yo voy a comprar uno justo en la finca de al lado, en el 33, y Conrad en Julián Romea, al doblar la esquina.

Porque Conrad ya se había casado con Mima y estaban esperando su primer hijo.

La posibilidad de vivir al lado de sus suegros no entusiasmaba a Muriel pero no se atrevió a protestar. Únicamente arguyó:

—¿No será muy caro?
Y Luis se había ofendido:
—Mi vida, déjame a mí de caro, coño, soy el cantante que más gana de España. ¿No sabes que con el «Poema a Galicia» nos estamos forrando? —Y añadía—: Y no se te ocurra hacer estos comentarios de pobre delante de Carmen, a ver si se va a pensar que tu marido es un muerto de hambre que no sabe llevar el dinero a casa. ¿Cuánto hay que pagar?

La cantidad inicial por el piso, que tenía 180 metros cuadrados, habían sido doce millones de pesetas pero no dejaba de incrementarse incesantemente porque la constructora primera había quebrado, las obras se retrasaban y aquello era un pozo sin fondo en el que cada mes había que enterrar más dinero. Carmencita había regresado de Suecia, y ya había tenido un primer hijo, sietemesino también y también de cuatro kilos, y estaba viviendo provisionalmente en el palacio de El Pardo pero no dejaba de quejarse:

—Nos han puesto en la habitación de los monos que ocupó Eva Perón cuando vino a ver al abu, figúrate, en treinta años no han tocado nada, el papel de las paredes es horrible, hay un tapiz con unas figuras que te pongas donde te pongas siempre te están mirando. —Sus lamentos hacían reír a Muriel—. Sí, ríete, el pobre Fran vive en el ropero con la Seño. Espera, hablando del rey de Roma...

Se oyó el chirrido de una puerta y la voz de Carmen, «¿le han dado ya el biberón al señor? Vale, gracias, Manuela».

Y otra vez se volvía a pegar al teléfono:

—Es esa bruja de la Seño que me odia... Pues a las diez apagan las luces para ahorrar; para ir al cuarto de baño has de recorrer cien metros con una linterna y un frío de narices.

Y eso no era lo peor, lo peor era que Alfons estaba en el paro:

—Él quiere la embajada de Roma, pero nadie le hace caso... A Alfons le ha contado el doctor Gil que el abu dice que si tanto quería ser embajador, haberse quedado en Suecia.

Muriel preguntaba:
—Es verdad, ¿y por qué no os habéis quedado?
Y la amiga le secreteaba:
—Él dice que es por la pornografía que había en los escaparates, menuda estupidez. —Y con descarnada perspicacia añadía—: Lo que pasa es que se creía que casándose con la nieta de Franco lo iba a tener todo chupado, y no ha sido así.

—¿Y el... caudillo qué dice?

—¿El abu? Cuando habla Alfons, no lo escucha, y sin embargo no se le caen de la boca los Juanitos... —Con satisfacción añadía—: ¡Y a Alfons le da un parraque cada vez que los nombra!

Los Juanitos eran Juan Carlos y Sofía, y Carmen opinaba con infantil inconsistencia y cierto espíritu vengativo:

—Alfons me dice que no los trate porque son nuestros rivales, en el trono, ¿sabes?, pero a mí me caen bien. —Y añadía después de una pausa, en la que seguramente había vigilado que nadie estuviera escuchando—: Alfons está pesadísimo con el rollo de que un día nos encontrarán degollados en la cama y que el abu tendrá la culpa por haberse reblandecido.

—¿Y tú qué le dices?

—Que es la alegría de la huerta. —Y sin transición pasaba a otro tema—: ¿Has visto los últimos conjuntos de Daphnis? ¡A mí me chiflan! —Pero volvía a entristecerse—: Alfons dice que ya está bien de gastar, que no tengo medida.

Muriel se apuraba cuando debía pedirle dinero a su marido; él seguía dejando los talones encima de las mesas y había alguno de 200.000 pesetas, pero tenía la sospecha de que, después del «Poema a Galicia», su profesión se había consolidado o estancado, Muriel no lo sabía muy bien. Y pensaba que quizás ahora era el momento de empujarlo a acabar la carrera y a convertirse, por fin, en abogado.

Pero se le hacía muy cuesta arriba ponerse a discutir. Murielilla era una niña traviesa e inquieta a la que tenía que vigilar continuamente y el pequeño lloraba sin cesar. No había mucho tiempo ni para conversaciones ni para romanticismos, y ni siquiera se dio cuenta de que Luis estaba cada día menos comunicativo y se encerraba todas las noches a componer en su estudio.

Le hacía el amor, sí, pero de una forma urgente y rabiosa que no los satisfacía a ninguno de los dos y que procuraban olvidar enseguida.

Una mañana le pareció que oía llorar a los niños, vio que su marido no estaba a su lado y dedujo que se había quedado dormido en el sofá. Se levantó, se puso la bata y cuando iba por el pasillo se dio cuenta de que la voz de Luis sonaba en el vestíbulo.

Era temprano, se sentía un rumor de aguacero, la casa dormía aún. Luis iba con el pantalón de pijama y una camiseta y Fernando Abad, que era su interlocutor, perfectamente ataviado con traje oscuro y corbata. Ponía una mano en el hombro de su amigo que, cabizbajo, derrotado, se apoyaba en la pierna buena porque la otra la tenía encogida, lo que sabía Muriel que era síntoma de que le dolía mucho. Tenía la cara chupada; por contraste, los ojos se le veían muy grandes, llenos de amargura.

Los dos miraron a Muriel, que, asustada, les preguntó: —Qué, qué pasa.
Otra desgracia no, otra vez no.
Abad le dio un ligero empujón a su amigo, Luis carraspeó, pero no consiguió aclararse la voz, que sonó como si tuviera hielo picado en la garganta:

—Mi amor..., es el fin..., todo se ha terminado.

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